El quipu virtual número 322 trata de los 450 años del establecimiento de una de las misiones jesuitas de mayor impacto en los dominios del antiguo Virreinato del Perú.
Juli: Arte y Evangelización
«Es voz común llamarse este pueblo, Pueblo Santo, Roma del Perú; el adorno, música y culto de las iglesias es superior a todos» Con estas palabras, en 1635, el provincial de la Compañía de Jesús en el Perú, el italiano Nicoló Durán Mastrilli (Nápoles, 1569-Lima, 1653), describía -en una carta dirigida al rey de España, Felipe IV- una de las misiones más emblemáticas para la orden ignaciana: Juli, pueblo situado a orillas del lago Titicaca, al sureste de la ciudad de Puno. La historia de esta misión jesuita se remonta a 1576, cuando, tras un largo debate interno, la Compañía asumió la cura de almas de las cuatro parroquias de indios aimaras que componían el territorio, tras el fracaso de los misioneros dominicos que hasta entonces se habían encargado de evangelizar la zona. Su ubicación no era casual: se encontraba en un punto estratégico de la Ruta de la Plata, el camino que unía las minas de Potosí con el Cuzco y Lima, y muy cerca de Desaguadero, donde se congregaban los mitayos -indígenas obligados, por el sistema de la mita, a trabajar en las minas potosinas- antes de partir hacia aquel destino. Su emplazamiento resultaba idóneo tanto para la evangelización como para el aprendizaje de las lenguas nativas, sobre todo el quechua y el aimara: un verdadero taller para los «obreros de indios», como se conocía entonces a los jesuitas especializados en la misión entre las comunidades indígenas.
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